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En los últimos meses he realizado numerosos viajes a eventos, tanto en España como en Latinoamérica, pues bien, al margen de conversar con infinidad de editores, lo que aprecio de manera indeleble es un enorme temor al futuro por parte de la industria, quizá más intenso en España que en otras partes. Toda la industria comprende que estamos ante un nuevo paradigma pero es incapaz de entender la dirección del cambio.

La edición se encuentra en una situación que califico de apasionantemente incierta, y debería partir en sus análisis de la idea siguiente: si la edición es una industria en transformación (o reconversión) acelerada debería comenzar por incorporar a su ADN la formación en las nuevas habilidades que en buena lógica el futuro va a demandar. Y aquí surge una primera reflexión: ¿Cuánto invierte la industria editorial en formación a futuro? ¿Qué están haciendo gremios e instituciones corporativas del libro en adaptarse a un entorno radicalmente nuevo? La respuesta se responde sola, nada, o al menos no lo suficiente. Es por ello que resulta desolador ver a numerosos pequeños editores con una enorme sensación de orfandad hacia sus propias instituciones profesionales.

A mi juicio, y puedo estar equivocado, se hace quizá imprescindible construir una nueva teoría de la edición, para entender lo que el futuro va a demandar, cómo va a ser el mercado en 5 o 10 años, qué lector tendremos con las nuevas generaciones que tienen un smartphon desde los 10 años, qué tamaño se estima en un mercado hiperfragmentado donde los contenidos tienden a 0 en valor y los nichos a 1 en tamaño, y cómo y desde donde se consumirán los contenidos. Pienso que estos son los enigmas a resolver.

La industria editorial tiene a mi juicio un enorme problema basado en la pérdida de su posición de monopolio en cuatro ejes del mundo del libro: perdida del monopolio del formato tecnológico del libro en papel, perdida del monopolio en la exclusividad productiva del contenido, pérdida del control cautivo de lector y usuario, y perdida del monopolio del precio. Si no se parte de esta confluencia de pérdidas es difícil entender cómo se están moviendo, y chocando, las placas tectónicas de la industria editorial.

El fin del monopolio de la tecnología irrumpe cuando un lector prosumidor tiene a su disposición tecnologías digitales capaces de imprimir un solo ejemplar o veinticinco de un contenido generado por él mismo. Las imprentas digitales, la impresión uno a uno, y la impresión bajo demanda rompen el circuito industrial de la offset a la hora de depositar en un entramado industrial la patente de la tecnología de producción.

El fin del monopolio en la generación de contenidos arranca en el momento en que cualquier usuario es capaz de producir contenido, ya sea desde una plataforma de autopublicación o directamente desde su propio ordenador de manera sencilla, rápida y eficiente.

El fin del monopolio del control del usuario se observa cuando la gente comienza a consumir contenido de manera masiva sin que éste sea el que la industria produce.

El fin del monopolio de la determinación de precios comienza cundo los prosumidores ponen en circulación miles de libros a precios que llevan el mercado a una deflación brutal. Hasta hace muy poco tiempo la única forma de leer era pagando, el precio por leer lo decidía la industria, y la única forma de hacerlo gratuitamente era ir a una biblioteca, pero desde hace ya un par de años el fenómeno que se observa es altamente preocupante para la industria. Un consumo brutal de contenidos gratuitos, desde textos autopublicados, a contenidos en acceso abierto generados por universidades públicas e instituciones, foros, chats, redes sociales, etc… llevan a una disminución radical del tamaño del mercado de pago por contenidos y lectura. Un factor competencial que no sólo amplia de manera exponencial la oferta, sino que fuerza los precios a la baja educando al mercado en unas premisas low cost, y lo que es más importante, capta atención. La idea que intuyo acerca de que en unos años la gente leerá sin necesidad de pagar no es una utopía surgida de un consumo prolongado de cannabis. Es una constatación empírica.

Cuando observas hoy una hoja del panel Nielsen y ves lo que se vende de determinados títulos es obvio lo que aquí planteo. A mi juicio estamos ante la edad de oro de la lectura, propiciado por la universalización de los dispositivos móviles, y en especial los smartphones. Un problema muy distinto es la apreciación, a la que la industria se agarra de manera frenética, de considerar el consumo gratuito de contenidos como de mala calidad. Es obvio que en un dispositivo se puede leer un libro de 400 páginas o las instrucciones de la Thermomix, pero el canon de la calidad en lectura digital de momento no lo determina Harold Bloom. Cuando observas casos como el de una chica menor de edad en Colombia (Dani Cubides) que se autopublica un libro en una plataforma y su libro lo descargan 23 millones de personas, opinar sobre la calidad de ese contenido es cuando menos temerario o hipócrita. ¿Se equivocan 23 millones de jóvenes? El caso de esta chica, hoy convertida en una figura de la literatura juvenil colombiana, es el paradigma de un fenómeno competencial para la industria con el que ésta no contaba. Por cierto, la muchacha ha sida fichada por Planeta al comprobar la dimensión internacional de su obra en cuanto a audiencia y viralidad. Señalo aquí tres links sobre el fenómeno que relato:

Wattpad: https://www.wattpad.com/user/danicubidesf

Mi hermanastro (novela): https://www.wattpad.com/story/6347820-mi-hermanastro-el-cuarto-de-los-deseos-%C2%A9

Y enlazo también una entrevista con la autora en un diario de máxima circulación en Colombia:

http://www.eltiempo.com/entretenimiento/musica-y-libros/feria-del-libro-dani-cubides-presenta-la-novela-mi-hermanastro/15675857

Pero podría poner otro ejemplo también disruptivo frente a la posición de la industria. Hace unas semanas escuché, en el marco de la III Semana de la Lectura y el Libro Digital que organizó la Biblioteca Nacional de Colombia, al bibliotecario de la Biblioteca Municipal de Ipiales (Nariño), una pequeña localidad al suroeste de Colombia, como están posibilitando que niños de 4 a 8 años escriban e ilustren cuentos generados por ellos que son automáticamente convertidos en productos digitales al servicio de la lectura de toda la comunidad. Usan las tecnologías para fomentar la lectura e incentivar la creatividad y la imaginación en los niños. Tremendo.

Todo esto me lleva a reflexionar acerca de cómo una nueva teoría de la edición ya no debe partir de compensar y satisfacer una necesidad insatisfecha, si el negocio en el capitalismo se hace con la escasez, hay que construir una teoría del consumo de contenidos a partir de la superabundancia. Generar negocio a partir de la abundancia supone que la industria editorial reconfigure su papel en esa nueva tectónica de placas y asuma que todo mercado que evoluciona a digital será siempre mucho más pequeño en volumen comercial. Oponerse, levantar barreras, generar prejuicios sobre la lectura en pantallas, es finiquitar el futuro.

Escrito por Manuel Gil

Nacido en Albacete, es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, Master en Dirección Comercial y Marketing por el Instituto de Empresa y miembro de la primera promoción del Programa Avanzado de Dirección de Empresas Editoriales del Instituto de Empresa. Tras más de 35 años de experiencia profesional en importantes empresas del sector del libro –Cadena de Librerías 4Caminos, Paradox Multimedia, Marcial Pons, Ediciones Siruela, Odilo TID– en la actualidad compagina con su labor como profesor de diversos Masters en España y América con tareas de consultoría en el sector del libro.

3 Comentarios

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