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Desde hace varios meses son muy numerosos los amigos que me han preguntado si yo estaba metido y/o participaba en el «Laboratorio del Libro». Cuando a todos estos amigos les he dicho que no, muchos de ellos se han sorprendido. Alguno me ha dicho: ¿Cuántas veces te hemos leído que había que colaborar desinteresadamente en beneficio del sector en un procomún de editores independientes y librerías? ¿Qué razones te llevan a no participar? Pues bien me explicaré para que quede diáfana mi posición.

Llevo varios años planteando la necesidad de construir un sanedrín de la edición y el libro, la idea de la que partía es que los editores independientes y los libreros pudiesen consultar temas de índole estratégico para el sector, nunca una consulta determinada de un editor/librero concreto para un problema específico de su empresa. Para esto ya están las empresas privadas de consultoría. En esta línea, he impulsado varios intentos de montaje de este tipo de tinglados y posteriormente una tertulia embrión de un sanedrin (por cierto, tertulia a la que venían algunos de los fundadores del Laboratorio, incluidos los chicos de Anatomía de la Edición). He tenido siempre claro que un sanedrín no es una tertulia, ni un club de lectura, ni una boda a la que hay que invitar hasta a los parientes de un primo tercero residente en Melilla; que debía montarse desde la independencia más absoluta, con gente con un amplio historial de reflexión sobre la edición y el sector del libro, y que estuviesen dispuestos a ceder su conocimiento de manera desinteresada en beneficio de un procomún conjunto del sector. Bien es cierto que mi concepción de un sanedrín del libro era muy «jacobina» y «bolchevique», pero al menos no dejaba fuera a nadie y lo que es más importante, nadie podía beneficiarse individualmente de la información aportada. El «Laboratorio», que se presenta como un think tank, tiene muy poco de esa etiqueta, es otra cosa bien distinta. A diferencia de los entramados anglosajones de ese tipo, abiertos, transparentes, integradores, y sin posibilidad de un beneficio directo o indirecto para alguna de las partes, éste coloca en el corazón del sistema una determinada empresa de consultoría, con esta connotación obviamente no estoy de acuerdo.

Cuando hace ya muchos meses me llego una propuesta inicial de constitución de un think tank en una tabla de excel donde se podía ver quién proponía a quien (en algunos casos era evidente porque) para formar parte del grupo, me causó una mala sensación, pese a que me consta la buena voluntad de muchos de los artífices del proyecto. Había ya una primera relación de 110 personas en esa base de datos, propuestas a partir de cuatro personas que son las que habían comenzado a elaborar el listado. Primer problema, uno de los cuatro o cinco promotores era una empresa privada de consultoría. Segundo problema, se proponía a un montón de gente a las que no se les conocía opinión, ni una línea de análisis ni una frase brillante en ningún lado. Empezamos mal. Con independencia de que considere que un senado-orfeón de más de 100 personas es algo absolutamente antioperativo, y si me apuras antiestético (aunque me dicen que ahora ya van por casi 300, no sé si será verdad), no parecía el problema principal. Los puntos que veía criticables de la iniciativa eran:

  • Por principio, no puede figurar una empresa privada como proponente de personas para el senado-orfeón. ¿A quien proponen? ¿A posibles clientes, proveedores y personas de estrecha relación con la empresa? Por supuesto.
  • No existía una forma jurídica que articulara el proyecto, ni un manual de trabajo, ni unos estatutos, ni un reglamento.
  • Una difusa metodología de trabajo, al menos, en el planteamiento inicial.
  • Demasiado clientelismo en la propuesta inicial de pertenencia al proyecto.
  • A muchos de los propuestos no se les podía reconocer como personas que se hubiesen destacado precisamente por sus aportaciones a la reflexión sobre la edición, la librería o la distribución, era gente del sector y sus aledaños, nada más, pero eso sí, en la órbita comercial de alguno de los proponentes.
  • En la lista de propuestos iniciales faltaban a mi juicio lo que llamo los «tres grandes de la reflexión erudita del sector» —Millán, Rodríguez y Celaya—, y algunos de lo que denomino «fontanería del sector», Barandiarán y Bernat, por ejemplo. Este perfil de personas debían ser los primeros de la lista y debían ser incorporados casi como padres fundadores. Y me dejo a otros muchos que en buena ley era imprescindible integrar, es decir, faltaban muchos de los que verdaderamente sus opiniones tenían valor por su reflexión continuada sobre el sector. Luego aquí había algo que fallaba.
  • La articulación de funcionamiento para el proceso de consultas parecía compleja, a mi modo de ver debía evitarse el matar la legítima actividad de empresas privadas de consultoría. Las opiniones de las personas debían ser «públicas», sin filtros, de manera que todo el mundo pudiese ver que había respondido cada cual. Imaginemos una situación: a la pregunta de ¿cómo debe evolucionar la distribución tradicional? A mucha gente le podía interesar leer lo que determinada persona del Laboratorio había respondido, sin filtros.
  • Me preocupó enormemente la forma y quienes recogían la información y qué hacían con ella, observaba que había una empresa privada que iba a recibir un caudal de información que podía ser usado en beneficio propio. Se les iba a suministrar una información (gratuita) que posteriormente ellos podían comercializar y monetarizar con proyectos. Aunque no se pensase en articular un modelo de negocio lo que si era evidente es que podía deducirse una gran posibilidad de explotación comercial de la información. Esto no era razonable.
  • Les señalé, por intuición, que al final en el panel de expertos faltarían verdaderamente los que tienen discurso y aportan valor añadido a la información, y que un panel de expertos sin este tipo de gente valía menos que un chuche. No olvidemos que todos ellos compiten en el mismo territorio de la consultoría.
  • Si esto era así, y querían que colaborase, exigiría que esa información llegase a otras empresas competidoras, en razón de una libertad de empresa que permitiese la libre competencia posterior. El mantener el proyecto así era más un contubernio que un think tank. Y tenía sus riesgos.
  • Una cosa es que te propongan y otra que aceptes. En mi caso, y sintiéndolo enormemente por la persona que me propuso, a la que tengo en la mayor consideración, estima y valía, en aquel momento le expuse mis dudas y le explique todo lo que hasta ahora cuento, y le comenté que me lo pensaría mejor y le diría si aceptaba o no.
  • Me surgía también la duda sobre si era conveniente que algunas personas adscritas a organizaciones gremiales y/o profesionales del sector se mezclasen directamente con una determinada empresa de consultoría, en detrimento de otras, las suspicacias estaban cantadas.

Cuando a finales de julio del año pasado me citan dos de los fundadores del proyecto para tener una entrevista y comentar con detalle el tema es cuando de manera definitiva decido que debo quedarme al margen, pues todo el tinglado tiene un tufillo que no me gusta nada. El problema central que observo es de transparencia, se trata de un montaje opaco que se aleja estratosféricamente de lo que en el mundo anglosajón es un think tank. En esa conversación les señalo el problema en que pueden incurrir alguno de los fundadores al ser miembros de estructuras gremiales y sectoriales y por tanto manejadores de información muy sensible, les señalo también que al colocar una empresa privada (en detrimento de otras) en el eje del proyecto están echando fuera a gente a la que sí se les conoce opinión e influencia. No se puede pedir a la gente que de su opinión «gratuitamente» pensando en un procomún del conocimiento del sector cuando la información va a acabar en la oficina de una empresa que posteriormente vende servicios a muchos de los que están dando su opinión desinteresadamente y de buena fe. Les hice alguna recomendación de reconducción del tema y me marché de vacaciones.

Hace un tiempo me enteré de la presentación pública del proyecto, sin ningún cambio apreciable en el mismo respecto a lo que ya conocía. Ni que decir tiene que la presentación y el dossier-libro explicando el proyecto y la declaración de intenciones de este senado tiene la impronta (direccional y corporativa) de la empresa privada. Bajo estas circunstancias me vi en la obligación de declinar la invitación. Tengo claro que en montajes de este tipo no deben estar empresas privadas con intereses comerciales y pecuniarios, y mucho menos como proponentes de personas y receptores de información, pero de estar una deben estar todas; abierto y transparente o cerrado y opaco, este es el dilema. Todos deben jugar con las mismas cartas y no hacernos trampas en el solitario. En este caso no pude aceptar lo que es un pésimo montaje de una buena idea pervertida y prostituida.

Este tipo de montajes debe tener como base la transparencia, y si hay una empresa privada que vende servicios a los mismos que responden se está desvirtuando y pervirtiendo una excelente idea. Y es que ese corpus de opinión se convierte por arte de magia en oro líquido comercial. Es por eso que conforme vayan apareciendo informes del Laboratorio a muchos les quedará la duda de si por el camino no se habrá quedado una parte de información muy sensible y capaz de ser comercializada.

El sector de la consultoría editorial en España atraviesa un pésimo momento, de hecho muchas de estas consultoras lo únicos proyectos en los que trabajan en la actualidad es en hacer blogs y pequeñas páginas web, los grandes proyectos hace tiempo que pasaron a la historia, es por tanto un sector muy pequeño, muy estrecho, casi angosto, y no parece de recibo que otras empresas no reciban las respuestas que, de buena fe, ese think tank emita, la información así recogida, o es pública y transparente o estamos ante un contubernio de difícil defensa. Aquí se está vendiendo humo a granel y por arrobas.

Soy amigo de los chicos de «anatomía», y creo haberles ayudado en muchas ocasiones, al igual que otras muchas personas del sector que ahora se sienten enormemente defraudas, y creo mi deber decirles que cuando uno entra en un sector lo primero a observar son los «códigos» internos que el ecosistema tiene, y ellos no sólo no lo han hecho sino que comienzan a moverse como un elefante en una cacharrería, y esto, tarde o temprano, pasa factura. Desde aquí les deseo lo mejor en su actividad profesional, pero como yo no «comulgo con ruedas de molino», no puedo aceptar que me vendan un chiringuito comercial como si fuese filantropía. Esto es un plan comercial, no un dechado de altruismo.

Y me llega ahora el primer informe del Laboratorio. Lo he leído con un gran detenimiento, y la conclusión a la que llego es que se trata de un informe que no aporta nada, desde luego, para mí, decepcionante. Preguntas obvias y conclusiones de dominio público. Por cierto, algunas de las preguntas y sus consiguientes respuestas de la encuesta se pueden rastrear en escritos publicados en la revista Texturas en 2008.

Sin centrarme en la metodología, que considero más que discutible y opinable, y habiendo consultado el asunto con un par de sociólogos especializados en muestreos estadísticos e informes de consultoría, lo primero que me llama la atención es lo siguiente: responden 113 personas un conjunto de preguntas que abarcan desde la librería, la organización gremial, lo digital, propiedad intelectual y piratería, nuevas tecnologías y herramientas, procesos de producción, sobreproducción, marketing con Internet, nuevas habilidades en edición, bibliotecas, legislación, fuentes estadísticas, sistemas de precios, organismos de representación única, etcétera. ¿Esas 113 personas tienen una opinión rigurosa y fundamentada sobre todos estos temas? ¿Se ha ponderado las respuestas en función del conocimiento concreto de cada uno de ellos? Digo esto porque me parece aventurero pensar que todo el mundo conoce estos temas con la debida profundidad para ofrecer una opinión de alto valor. Pongo un ejemplo, si la encuesta la hubiese recibido yo, posiblemente hubiese respondido la totalidad de la encuesta, pero algunas de mis opiniones sobre algunas preguntas solo hubiesen sido respuestas de un nivel muy plano, es decir, de un valor ciertamente discutible. Si me preguntan sobre propiedad intelectual mi opinión es una generalidad sin valor, por ejemplo.

No voy a entrar a analizar una a una las conclusiones, me centro en algunos aspectos generales del informe, y hay una cuestión en el informe que requiere pararse. Para los que hemos trabajado para consultoras el primer mandamiento y código de un consultor es abordar al posible cliente de esta manera: «lo estás haciendo muy bien, pero que muy bien, pero se puede hacer mejor y obtener mejores resultados atacando esta o estas variables». Pues bien, aquí el informe arranca diciéndole al sector que no está preparado, que no lo está haciendo bien y que no se entera. Conozco infinidad de editores que se han molestado mucho con el informe, están digitalizando con los profesionales más preparados del país, están automatizando la producción digital y digitalizando sus empresas, diseñando ecosistemas de comercialización digital, trabajando con plataformas y agregadores desde 2010, usando las nuevas herramientas de promoción y marketing que el mercado ofrece, ofertando producto a bibliotecas, etcétera, y de pronto llegan unos sujetos que se consideran la «reserva espiritual del libro» y les dicen que no dan una a derechas. ¿O el informe tiene otro tipo de finalidad? Digo esto porque después de analizar las obviedades de conclusiones a las que llegan tiendo a pensar en un documento tipo «plan de negocio» comercial para atacar el segmento de pequeños editores y construir el plan estratégico de una empresa de consultoría. Insisto, editores «despistados» ya van quedando pocos, muy pocos.

Termino con una cuestión que riza el rizo de la gilipollez. Después de preguntar acerca de las fuentes de información del sector colocan una bibliografía en lengua inglesa. ¿No existe en España ninguna fuente de datos en la que apoyar la encuesta? ¿No valía el excelente estudio del Observatorio titulado Panorámica de la Edición? ¿No servía ningún blog ni revista del sector para apoyar el trabajo? Según analizan en el apartado de conclusiones, faltan fuentes de información sobre el sector. No es verdad, España tiene un volumen de fuentes de información enorme, otro problema es que la información sea «hacia atrás» o exista una cierta dispersión en las fuentes, pero no es un problema de cantidad sino de cualidad. El problema de las fuentes en España es de «integración» entre las mismas, no de que no existan.

Resumiendo, un informe decepcionante, tanto las preguntas como las conclusiones se pueden leer desde hace años en alguno de los excelentes blogs de personas que no están en el Laboratorio. Un conjunto de simplezas revestido de informe sociológico-estadístico. Confío en que en próximos informes el nivel suba y aporten algo nuevo a los que estamos «despistados» y necesitamos «ayuda externa».

Cuando iba a subir este post me llega una comunicación curiosa, colgada en Facebook:

conflicto_intereses

Muchos de ustedes dirán: ¿esto qué es? Pues muy sencillo, tres de los fundadores del Laboratorio (un editor que a su vez es el coordinador de la Comisión de Pequeños Editores, junto a los dos miembros de Anatomía de la Edición –consultora-), se unen en un proyecto editorial digital. La iniciativa es legítima y no me plantea profesionalmente ningún problema. El problema surge cuando se analiza que son ellos los que recepcionan la información que de manera confiada y altruista la gente emite con sus repuestas.

Lo dicho, si quieren mi opinión les remitiré mis tarifas de consultoría, sin descuento y con precio fijo.

Escrito por Manuel Gil

Nacido en Albacete, es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, Master en Dirección Comercial y Marketing por el Instituto de Empresa y miembro de la primera promoción del Programa Avanzado de Dirección de Empresas Editoriales del Instituto de Empresa. Tras más de 35 años de experiencia profesional en importantes empresas del sector del libro –Cadena de Librerías 4Caminos, Paradox Multimedia, Marcial Pons, Ediciones Siruela, Odilo TID– en la actualidad compagina con su labor como profesor de diversos Masters en España y América con tareas de consultoría en el sector del libro.

3 Comentarios

  1. zzz…

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  2. Mi pregunta es: ¿llegará algún día a constituirse un verdadero «sanedrín» del sector editorial? Mi impresión es que a cada intento surgen duras críticas, como la que usted acaba de escribir, que más bien parecen obcecadas en lo contrario. ¿Es que acaso no ve usted ninguna virtud —solo defectos— en este tipo de iniciativas? ¿Tan inmaculada —libre de intereses privados— le parecería a usted la opinión de los expertos que usted cita como ideales componentes de un proyecto de este tipo? ¿Se librará alguna vez España de esta desconfianza inherente al sector editorial que permita un verdadero proyecto en común?

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  3. Información Bitacoras.com

    Valora en Bitacoras.com: Desde hace varios meses son muy numerosos los amigos que me han preguntado si yo estaba metido y/o participaba en el «Laboratorio del Libro». Cuando a todos estos amigos les he dicho que no, muchos de ellos se han sorprendido..…

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