Los últimos meses han visto como mi correo electrónico se colapsa de emails de colegas y amigos que están siendo arrojados al paro por reestructuraciones y despidos en el sector editorial y librero. En paralelo, hace unos días hablaba con un viejo amigo sindicalista de guerras y combates pretéritos que me habló de que quizá había llegado el momento de estructurar y poner en marcha un sindicato específico para el mundo del libro, que defendiese de manera inequívoca y sustancial los derechos de los trabajadores del sector, y tuviese en mente la posible recolocación y readaptación de aquellos que han ido al paro.

Da la casualidad también que hace unos pocos días mi buen amigo Manuel Ortuño (Trama Editorial) me pidió que leyera un libro de la presidenta del Syndicat National Livre-Edition, Martine Prosper, Edition: L’envers du decor, el texto en cuestión lo comenté hace unas semanas en este mismo blog, le recomendé la publicación del libro pero le dije que pidiese permiso para no editar todo un conjunto de apéndices y anexos de legislación específica francesa sobre los trabajadores del sector del libro que el texto incluía. Ahora quizá me arrepiento. No sé si mi amigo Iñigo García Ureta considerará esto susceptible de engrosar la nómina de fracasos editoriales, digo esto porque está a punto de aparecer en Trama, en la colección Tipos móviles, un libro curiosísimo: Éxito: crónica de rechazos editoriales, que puede ser un gran éxito comercial, sobre el tema de los rechazos editoriales.

Pero vuelvo al problema. Si el mundo editorial y el de el libro en general nunca ha sido un gran caladero de empleo, ahora el problema es que esta enviando gente al paro a velocidades supersónicas, la crisis no cabe duda que está influyendo, pero también la insostenibilidad de un modelo que conlleva un pinchazo absoluto de la burbuja editorial; junto a esto, también hay que señalar que el enorme minifundio de editores independientes pequeños y culturales tampoco han sido precisamente unos grandes generadores de empleo, y mucho menos empleo de calidad, más bien todo lo contrario, contratación abusiva de freelances a precios subsaharianos, becarios/as, primos, parientes y demás familia, bien es cierto que en numerosos casos bastante tienen con subsistir ellos mismos.

Lo evidentemente cierto es que el tamaño determina la amplitud de la contratación pero cuando las cosas vienen mal también las empresas de mayor tamaño destruyen más empleo. Por cierto, ¿se ocupan de esto los gremios y asociaciones? Evidentemente no, estás son agrupaciones de empresas, por tanto patronales, sus intereses pueden abiertamente no coincidir con los de los trabajadores asalariados por cuenta ajena. Creo llegado el momento de abandonar los convenios de artes gráficas, papel, etc…, en los que los trabajadores de la edición están encuadrados y levantar un sindicato corporativo de los trabajadores del libro, en este sentido también deberían tener cabida los trabajadores de librerías.

La duda que me queda también es si las viejas estructuras asociativas defienden a las empresas pequeñas o están en temas de mayor enjundia. Leo hace un par de sábados en El País a Manuel Rodríguez Rivero que cuenta cómo la editorial Harper Collins ha introducido en sus contratos una «cláusula moral» por la que la compañía se reserva el derecho a rescindir contratos «si la conducta del autor evidencia una falta de la debida consideración hacia las convenciones públicas y morales…», ¿van a intervenir las empresas en los derechos civiles y de intimidad sus trabajadores? Y lo pongo en relación al debate político actual sobre la productividad y la ligazón de los salarios a resultados empresariales en vez de a la evolución del IPC. Pues bien, los trabajadores deberíamos pedir la cogestión de la empresa, ¿cuántos editores pequeños cargan en las cuentas de la editorial hasta la compra del Fairy de su domicilio particular y el jamón de york del perro? ¿Cómo y con qué mecanismos las editoriales grandes medirían la productividad del trabajador? Para ligar salarios a rendimientos hay que pedir que los trabajadores puedan intervenir en la gestión directiva de las empresas, lo contrario es llevarles a una situación de indefensión permanente.

En resumen, es más que probable que estemos ante la necesidad perentoria de construir un sindicato de la edición y la librería. En Francia lo tienen y allí debemos mirar.

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Escrito por Manuel Gil

Nacido en Albacete, es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, Master en Dirección Comercial y Marketing por el Instituto de Empresa y miembro de la primera promoción del Programa Avanzado de Dirección de Empresas Editoriales del Instituto de Empresa. Tras más de 35 años de experiencia profesional en importantes empresas del sector del libro –Cadena de Librerías 4Caminos, Paradox Multimedia, Marcial Pons, Ediciones Siruela, Odilo TID– en la actualidad compagina con su labor como profesor de diversos Masters en España y América con tareas de consultoría en el sector del libro.

4 Comentarios

  1. Querido maestro,

    Estoy en este caso bastante de acuerdo con Joaquin: desde las ideas que sostenemos pensamos que los sindicatos son (eventualmente) partes de la cadena del libro… pero herramientas ineficaces en las nuevas redes editoriales… Yo pienso que si se diera el caso de un emprendimiento colectivo, habría que imputar en la minuta de gastos una parte para la protección laboral, etc. Pero siempre dentro de la red… Algo tan pensado en clave de masas, lo veo poco operativo.

    Abrazos.

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  2. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: Los últimos meses han visto como mi correo electrónico se colapsa de emails de colegas y amigos que están siendo arrojados al paro por reestructuraciones y despidos en el sector editorial y librero. En paralelo, hace unos día…..

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  3. Me cuesta pensar, Manuel, que la estructura asociativa más adecuada para la defensa de los intereses de los trabajadores sea un sindicato: esa estructura representativa fue concebida en un momento histórico en el que los trabajadores por cuenta ajena operaban en un sólo espacio bien definido y desempeñaban tareas más o menos repetitivas con competencias bien definidas. Hoy en día no ocurre ya nada de eso: los procesos editoriales son ya responsabilidad de una red más o menos integrada más o menos deslabazada de profesionales al servicio de un proyecto común, que se encuentran en plataformas digitales a las que se conectan desde lugares geográficamente distantes. Además, sobre todo, ni siquiera sabemos cuáles serían las competencias de un profesiona al que llamar editor y que, por tanto, se viera claramente amparado por un sindicato: ¿qué es un editor, el que corrige un texto, el que programa una aplicación para IPad, el que construye una cartografía informática que permite a una multitud de usuarios interactuar y generar un producto que podríamos llamar editorial? Ni la más mínima idea. En todo caso, lo que sí es cierto es que si no es un sindicato, sí deberíamos contar con estructuras representativas transversales que, al modo en que lo hace la Börsenverein des Deutschenbuchhandels (lo siento, está en alemán, pero es lo más cercano a lo que yo querría que fueran nuestros representantes), proporcionara servicios de toda naturaleza, desde una bolsa de trabajo bien administrada, hasta defensa jurídica en caso de necesidad.

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  4. Ya lo creo que es necesario, y desde hace mucho. Al menos desde los noventa. Y estoy conpletamente de acuerdo con esto: “Para ligar salarios a rendimientos hay que pedir que los trabajadores puedan intervenir en la gestión directiva de las empresas, lo contrario es llevarles a una situación de indefensión permanente”. De nada vale lo que un trabajador editorial pueda hacer, en qué empeñe sus esfuerzos, si la gestión de la editorial va sin rumbo firme y carece de ética.

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