Cuando a mediados de julio arrancó Libranda, tanto prensa como blogueros (algunos manifiestamente desinformados) atacaron sin conmiseración ni piedad a la plataforma. En aquel momento, desde “paradigma” estuvimos tentados a intervenir, pues al menos yo discrepaba de manera frontal con la mayoría de las criticas que allí se vertían, pero preferí dejar pasar el tiempo y esperar un poco antes de entrar a comentar el tema.
Por otro lado, alguno de nosotros estábamos trabajando con Libranda desde nuestras editoriales, por lo que teníamos información de primera mano sobre la estrategia y la táctica que la empresa iba a seguir. Y había tres ejes en el planteamiento que se observaban nítidamente. Por una parte, hacia falta alguna estructura que tirara del entramado editorial para que éste alcanzara una velocidad de crucero en la conformación de una oferta digital; por otro, era obvio que Libranda, que debía haber sido invisible en cierto modo, era una empresa de servicios para editores (esencialmente plataforma de hosting); y por último, era imprescindible empujar a las librerías online a desarrollar diseños centrados en el usuario para comercializar una oferta digital interesante. Leer más de este artículo